domingo, 18 de mayo de 2014

True Detective, Carcosa era sólo carcasa

Ahora que han pasado un par meses desde que aterrizara en las pantallas de la HBO considero que ha llegado el momento de hablar de True Detective. Sí, hoy toca otro comentario más que viene a unirse a los miles y miles de reseñas a cuenta de este drama policíaco-existencial creado por Nic Pizzolatto, bañado desde el minuto uno por críticas orgásmicas y que ha sido capaz de atraer ese "fandom  forense" (Jason Mittel dixit) más presto a diseccionar ficciones que transcurren en islas con osos polares al jardín de las delicias del cable premium. Pero, vistos y marinados los ocho episodios en formato antología que nos presenta la serie en esta temporada de debut,  mi sensación es la de haber saboreado una pipa excelentemente salada, que cuando la partí con los dientes resultó no ser más que una cáscara a la que le faltaba eso... La pipa.

Como ya le ha ocurrido a otras tantas ficciones, el relato de True Detective coquetea con la complejidad narrativa y ésta le da calabazas. Cosas como construir una densa mitología en base a nutridas referencias intertextuales, esconder huevos de pascua o memes que se repiten a lo largo de los episodios, y romper la linealidad cronológica entrañan un riesgo mucho mayor que si se opta por formas de contar más tradicionales. Si estos mecanismos no encuentran un mínimo reflejo en la historia (y también en  su resolución), todo el mérito que supone utilizarlos se inflama más rápido que el propio poliéster. Además, de quedar al descubierto la dolorosa vacuidad del artificio y la pretenciosidad de la propuesta narrativa y humanística del guión.

Tanta estimulación filosófica y literaria con Nietzche, el nihilismo y Lovecraft, cortesía de un personaje tan intrigante como Rutin Cohle (Matthew McCounaghey en racha triunfadora), merecía algo más que una solución al misterio del asesino en serie y del culto satánico tan paradójicamente anticompleja, que raya en lo ordenario y facilón.  Por mucho que el responsable de la serie (y espectadores y críticos convencidos) se escuden detrás del 'esto es otra cosa', o el ya clásico 'lo que vale es la relación entre los personajes' para restarle importancia a la trama de investigación, el propio título de la serie, True Detective, ya dice mucho al respecto. Tal patinazo no es excusable en una  ficción a la que, tras sólo cuatro episodios emitidos, ya se la estaba encumbrando al altar del canon de la HBO (!). Y, eso por no hacer mención a cuestiones irresolutas, disculpables en productos con varias temporadas como el caso de Voldemort, pero no en una producción desarrollada en un entorno cerrado como ésta.

Mucho se  han ensalzado las aspiraciones novelísticas de la serie y el sello 'de autor' que destila tanto a nivel visual como narrativo. El hecho de que Pizzolatto se encargue en solitario completar todos los episodios no es en sí una novedad; estamos más que acostumbrados a ver ficciones británicas firmadas por una única pluma, pero es raro encontrarse con algo parecido al otro lado del charco. En True Detective se aprecian bastantes pinceladas de los beneficios que supone esta forma de encarar la producción de la narrativa, aunque naufraga a la hora de distribuir los pesos.

Según Pizzolatto, la historia de esta primera entrega se reparte en tres actos, el primero correspondiente a los tres primeros episodios; el segundo, a los capítulos cuatro a seis; y el tercero, a los episodios siete y ocho. Las cinco primeras horas de la serie se encuentran entre lo mejor del año, con unas conversaciones en el coche que presentan sin necesidad de apoyos la colisión de las personalidades de los dos agentes protagonistas: Cohle, un ser trágico atrapado en su propio hastío vital; y Marty Hart (un Woody Harrelson sublime en unas de las interpretaciones de su vida), un vitalista borracho esclavo de actitudes hipócritas. A partir de la sexta hora, no obstante, el relato se descompensa y cae en algún que otro truco de guión más trillado que el maíz para crear el conflicto por el cual los dos detectives han estado siete años sin dirigirse la palabra al principio de la serie.  Lo que unido a unos personajes secundarios con la profundidad de un monigote (en las antípodas del tratamiento que le dan en The Good Wife, por mencionar el estándar de excelencia en estas lides) tampoco ayuda.



A nivel estético, se reproduce el mismo patrón. La labor tras la cámara de Cary Fukunaga (Jane Eyre, 2011) en todos y cada uno de los capítulos se hace presente, y mucho, en la calidad cinematográfica con la que captura la ya esteroetípica suciedad y decadencia de los parajes y habitantes del sureño estado de Louisiana. Un espacio podrido y asfixiante del que pocos pueden escapar.  El comentadísimo plano secuencia de seis minutos del cuarto episodio puede que no aporte nada a la trama general, pero es un testimonio de que las cosas que se pueden hacer cuando la HBO es la que financia una serie.

La segunda temporada de True Detective ya está en marcha en medio de rumores de quién será la pareja de actores de Hollywood protagonista (suena desde Brad Pitt hasta un cartel encabezado por dos actrices), y con un silencio absoluto acerca de la historia que centrará la investigación del próximo año. Esperemos no todo se quede en una bonita carcasa barroca para envolver poco más que la nada. Por muy oscura que parezca.

martes, 11 de febrero de 2014

Homeland ante el abismo del 'reboot'

Te vas a encontrar unas cuantas balas de spoilers de la tercera temporada de Homeland. La casa no se hace responsable si no has completado el entrenamiento para esta misión.

No quería hablar de la tercera temporada de Homeland hasta que amanaira un poco la ciclogénesis  de críticas explosivas que le cayó a la producción de Alex Gansa desde prácticamente el primer episodio de la nueva tanda. Y voy a ser clara: en ese juego siempre estuve más cerca del anticiclón que de la borrasca.

No se abre el cielo cuando digo que la serie nunca se caracterizó por la contención. Sus tramas han sido una mecha endiablada desde el momento en que un preso bagdadí le chiva a la agente de la CIA Carrie Mathison que ese marine recién liberado después de ocho años de cautiverio del que todos hablan es, en realidad, un infiltrado de Al Qaeda. También hay que tener en cuenta que la historia de la pitón y la rata que protagonizaban Carrie y el sargento Nicholas Brody estaba tan condenada a un final inminente como lo estaba el periplo del personaje interpretado por Damian Lewis. Nada podía acabar bien para Brody; se mirara por donde se mirara lo suyo era una tragedia y, así, el (anti) héroe tenía encontrar una salida mortal a su sufrimiento. Solo que Showtime es una especie de Sófocles que, además del arte, también mira a la cartera. Por eso mismo se encargaron los ejecutivos del canal de que la agonía del pelirrojo se extendiese unos cuantos capítulos más y, en lugar de facilitar que Brody y compañía salieran volando por los aires después de activar un chaleco-bomba, acabaron poniendo una grúa para que el mártir fuera elevado ante la muchedumbre en una plaza de Teherán.

Pero eso tampoco es un fenómeno nuevo viniendo de Showtime, acostumbrada a aplicar las lógicas más tacañas de las 'networks' al cable. Ya se ha visto con Dexter y con Weeds, series a las que les retrasó en demasía la fecha de caducidad, acumulando temporadas que podrían servir perfectamente para compostaje. Es normal que las cadenas se aferren a sus bastiones  para sostener el negocio, pero la cadena que ahora dirige David Nevins hace tiempo que no es un minifundio con poca oferta en comparación a la HBO y, por supuesto, ya no lo era cuando estrenó Homeland. Para arriesgar poco tenemos a The CW, que dijo adiós a Smallville cuando ésta ya era una zombie de sí misma en la décima temporada. Sin embargo, parece que dentro de las filiales de la CBS se contagian los vicios las unas a las otras...

Con semejantes antecedentes, no quedaba más que confiar en que ya que íbamos a probar chicle, que al menos los guionistas hicieran lo posible para que el sabor durara. Y dentro de esa fórmula magistral nunca estuvo Brody, probablemente uno de los 'plot devices' mejor construidos de la televisión reciente, tan bien elaborado que nos hizo creer que era un personaje protagonista autosuficiente, del que se derivaban subtramas familiares con hijas adolescentes pesadas y todo. Al final, fue una herramienta para los de la CIA, para los iraníes, y también para el equipo de Gansa hasta que el cacharro no dio más de sí. En este sentido (y a riesgo de sonar ventajista), siempre tuve claro que de los dos cabezas de serie, el personaje de Claire Danes poseía mucho más potencial narrativo para serguir adelante. El arco de Carrie no dependía tanto del de Brody como al revés, y eso se ha notado durante gran parte de la temporada donde, bajo mi punto de vista, la presencia de Lewis no afectaba especialmente a la calidad de los capítulos. De hecho, ha llegado a resultar una rémora como se vio en el episodios de Caracas, dedicado completamente a él.

Sin estar a la altura de las dos primeras temporadas (la segunda no me parece tan tóxica como se la suele pintar), esta entrega cierra el arco de Brody con solvencia y prepara la transición hacia la próxima entrega que significará una renovación total de las bases. Es cierto que por el camino quedaron algunas decisiones creativas de lo más pobres (¿qué necesidad había de poner a Brody en Venezuela?; la poca cancha que se le dio a su mujer, Jessica; Carrie preñada, ¿hola?), pero lo que se ha visto aquí está lejos de ser una catástrofe teniendo en cuenta que la temporada empieza aún con el polvo del atentado en  Langley  flotando en el ambiente, y con Brody a la fuga. Homeland ya había dinamitado sus propios pilares por entonces, pero todavía le quedaban personajes.

Una de los puntos fuertes de este año ha sido ver a Saul (Mandy 'Iñigo Montoya' Patinkin) desplegando su verdadera cara de Maquiavielo en la sombra contra un burócrata como el senador Lockhart (Tracy Letts), y de profundizar en la relación mentor-alumna entre él y Carrie. Un vínculo que me ha llamado la atención desde el principio por esa fina línea que transcurre entre la confianza plena y el abuso de ese hecho para lograr el objetivo, sobre todo, teniendo en cuenta la bipolaridad de Carrie. Toda la charada del reingreso de Carrie en el psiquiátrico es buen ejemplo de ello, además de servir para renovar el catálogo de muecas de Danes, que, quizá vaya a estar algo más controlada ahora que el personaje ha perdido al detonante de muchos de esos ataques. Presiento que la asociación profesional con Quinn (Rupert Friend), ese tipo de lealtades y principios singulares, puede dar todavía momentos de buen drama de espías.

Ignorada en las nominaciones de los Globos de Oro después de haber arrasado el año pasado, puede que Homeland estuviera destinada a ser una estrella fugaz de esas que no se olvidan en vez de acabar siendo otra de tantas que se mantiene viva con más o menos luz. Pero, como aficionada, creo que es pronto para ignorar que sigue estando allí arriba.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Masters of Sex, lo importante no es el clímax

Esto es NSFU (Not Safe For Unseen). O sea, con spoilers que te quitarán las ganas si no has visto la temporada de debut de Masters of Sex.

Excitación.
Meseta.
Orgasmo.
Resolución.

Las cuatro fases por la que atraviesa una relación sexual no se diferencian demasiado de las etapas por las que transcurre el relato de una historia. En ambos casos, hay principio, nudo y desenlace, aunque el desenlace bien se podría desglosar en un clímax y un cierre. Y, curiosamente, a la hora de buscarles fallos al sexo y a los relatos siempre tendemos a atacar el final. Unas veces,  por apresurado; otras veces, por inexistente o falto de un epílogo. "Lo importante no es el final, sino la experiencia", dicen, pero, en ocasiones, la crítica también puede estar dirigida al estilo, a la habilidad con la que está elaborada la obra aun si cuenta con un punto álgido. Masters of Sex, la gran apuesta de Showtime para esta temporada y flamante nominada a dos Globos de Oro (mejor serie y actor en la categoría de drama), llega a un pico pero ¿logra dejar realmente satisfecho al personal?


La serie de Michelle Ashford engatusa con su pedigrí de historia basada en hechos reales, a la vez inspirada en el libro homónimo de Thomas Maier. La odisea del ginecólogo y obstetra William H. Masters (Michael Sheen, Fox contra Nixon, The Queen, especialista en 'biopics') y su ayudante, Virginia Johnson (Lizzy Caplan, True Blood, Party Down.., sí, la rara en Chicas Malas) en los Estados Unidos de los 50 para intentar desentrañar el funcionamiento de lo que entonces era un ultratabú: la respuesta sexual humana. Cosas como la a negación de la importancia del tamaño del pene, la existencia del multiorgasmo femenino, el papel clave del clítoris en el placer de la mujer, el establecimiento de las cuatro fases y algunas terapias para tratar disfunciones sexuales llevaron su sello pionero y levantaron más de una ceja en la encorsetada comunidad científica de la época. Con semejantes credenciales no es extraño que Showtime, el canal provocador por excelencia, diera luz verde al proyecto, pero Masters of Sex está lejos de considerarse una ficción sexy. Obviamente, hay carne para dar y vender, aunque marinada en electrocardiogramas, vibradores con alto riesgo de cortocircuito y un par de tipos tomando notas detrás de un cristal tintado. A primera vista, nada que pueda poner a las grandes masas...

En realidad, Ashford se escuda en la premisa del sexo como conocimiento para navegar por la contradictoria psique de sus dos protagonistas. Sheen ofrece una interpretación sensacional, absolutamente mimetizada con la atormentada y sociopática personalidad del doctor Masters, un tipo tan brillante como absorbido por su trabajo, frío e incapaz de mostar empatía alguna por su tan devota como ingenua mujer, Libby (Caitlin Fitzpatrick). Caplan, por su parte, irradia encanto como Johnson. Como cabría esperar es el contrapunto de Masters:  divorciada, madre de dos hijos, ex cantante en clubs de poca monta, sin títulos, pero con una ambición y don de gentes fuera de lo común aporta al estudio toda la sangre y sabiduría (vital) de las que el doctor carece. Una mujer de ésas que saben latín, vaya.

Si bien el guión es menos complaciente con las taras de Bill Masters, Ginny Johnson también dista de ser un personaje inmaculado si bien la sombra de fantasía feminista que proyecta invita a pensar lo contrario. Sus ramalazos egoístas con el doctor Haas (Nicholas D'Agosto, Heroes), pobre enamorado, son sólo una huída hacia adelante para evitar enfrentarse a sus propias fracturas. En sus diferencias, Bill y Ginny forman un tándem científico perfecto, y cumpliendo con las leyes de la atracción desarrollan una admiración y dependencia mutua que da paso a algo más complicado. Y aquí es cuando a la serie le entran las prisas por resolver. Las prisas... Nunca son buenas, ¡y más cuando ha sido renovada por una segunda entrega!


 Y éste es "Ulises".

Al parecer, Masters of Sex se toma bastantes licencias a la hora de retratar la relación entre Bill y Ginny, que no fue una unión romántica sino un efecto colateral del trabajo que desarrollaban, el verdadero objeto del afecto de ambos. La Johnson real fue en un principio contratada como compañera sexual para los experimentos por el propio Masters, al que nunca quiso. Aunque hubiera sido casi o tanto más fascinante explorar la complejidad ética de esta situación nada convencional, al final esto es ficción televisiva, y aquí Ashford optó por ajustarse a los cánones tradicionales de la tensión sexual no resuelta.  Los doce capítulos suben en intensidad poco a poco, jugando con miradas y silencios incómodos, empujando a Masters al precipicio, pero, en un momento concreto, pudieron las ansias por cumplir, y la 'season finale' se despide con cierto 'cliffhanger' que es justo lo contrario de lo que la ficción había venido desarrollando con esos dos hasta ese momento. De folletín y precoz.

Si la trama de Bill y Ginny se va abaratando a medida que pasan los episodios, las subtramas de los personajes secundarios crecen en interés y aquí es donde Masters of Sex triunfa en su propósito de poner el corazón abierto encima de tantas hojas de electrocardiograma. Conmovedor es el caso de Margaret Scully, la mujer del decano la facultad de Medicina, homosexual armarizado, con el que comparte no sólo una hija sino una profunda complicidad emocional que le hace plantearse si vale la pena repudiar a su marido por años de juventud robados y necesidades insatisfechas. Allison Janney (The West Wing) está sobresaliente en su papel acompañada por un Beau Bridges que vuelve a poner los pies en el gran drama.

Tampoco desmerece la guerra de guerrillas de la estirada doctora DePaul (Julianne Nicholson, Boardwalk Empire) contra el status quo y las miradas condescendientes de sus colegas masculinos, mientras lidia con sus propia dosis de desgracia personal. Incluso Libby, bajo esa capa de mujer de anuncio de Mister Proper, esconde una olla a presión repleta de sentimientos reprimidos que espero explote el año que viene.



La serie pinta al fresco de unos personajes que guardan ciertas expectativas sexuales en un período histórico concreto y cómo buscan vías de escape en cuanto se da el inevitable choque con la costumbre y la moral que, no lo olvidemos, también imponen sus propias expectativas. Esto es lo que le ocurre al promiscuo doctor Langham (Teddy Sears) que participa como sujeto en el estudio de Masters y Johnshon. Los sujetos, desde Langham a la secretaria Jane (Heléne Yorke)  utilizan  la excusa de "todo por la ciencia" para darle unas cuentas alegrías al cuerpo, pero ¿no es menos hipócrita invitar hoy en día a alguien a una copa con ese mismo objetivo en mente? No importa cuán progres nos creeamos con respecto al sexo, al final siempre acudimos a excusas culturales para echar un simple polvo. Sómosche así as persoas.

No menos contradictorio es el cambio de timón de Vivian, la volátil hija adolescente del decano Scully, que después de mostrar un apetito desbocado se vuelve de repente muy pía en cuanto Haas le propone matrimonio. Para mí, no es tanto el intento de forzar una supuesta superioridad moral moderna en el libreto como el de mostrar los efectos de una moral religiosa mal asimilada (por mal inculcada, seguro) por alguien que aún es poco maduro. Normal que le salga humo por las orejas a la muchacha. Y  también aquí la lectura vuelve a ser de rabiosa actualidad; que levante la mano quien no haya conocido recientemente a algún pío o pía que, incluso a sus treintaytantos, ve el matrimonio como una mera redención a sus hábitos prenupciales.

Pese a la precipitación en acercar el vínculo entre sus dos protagonistas, Masters of Sex compensa con creces cuando saca a la palestra tantos callejones sin salida humanos. Eso bien vale otro revolcón.

jueves, 8 de agosto de 2013

Orange is The New Black te encierra y no te deja salir


Cuando una de esas gripes cabronas en conjura con ventiladores y aires acondicionados me pillan (como todos los años) en pleno verano, pocas opciones me quedan más que acudir a los sobres de Frenadol e ingerir cantidades indecentes de kiwis y, sobre todo, de zumo de naranja. Así estaba a mediados de julio, esperando el día en que iba a cambiar por fin de fruta, cuando llegó Netflix con un nuevo cargamento de naranjas y no sólo alargó la dieta sino que me volvió adicta y, encima, me obligó a recomendarlas. Orange is The New Black se llama la variedad diabólica cultivada por Jenji Kohan, persona que de producir vicios sabe mucho ya que también es la responsable de la MILF, esa clase de maría más conocida por su título oficial: Weeds.

Eso sí, Showtime nunca fue un distribuidor tan agresivo como Netflix, que gusta de colocar toda su mercancía en el escaparate y allá que se las arregle el espectador como señoras jubiladas en plenas rebajas. El famoso servicio de vídeo-on-demand ya colgó sendos trece episodios de House of Cards, Hemlock Grove y del comentado regreso de Arrested Development para que cada uno decidiera cómo organizar su visionado, ya sea siguiendo la disciplina habitual de un capítulo por semana/día, o maratonear como si no hubiera mañana. La libertad absoluta dentro de la legalidad. Pero no ha sido hasta que Kohan entró en escena con Orange is The New Black cuando la gente empezó a  decir 'binge-watching' como si fuera el nuevo maratonear. Y, si eres capaz de hacer que los seriéfilos usen un extranjerismo en lugar de una de las pocas palabras castizas que no pierden fuerza en la traducción, es que has tocado muchas fibras, o te has presentado con la ficción del verano... o del año.

Como las naranjas, Orange is The New Black puede resultar ácida y dulce a partes iguales. Así lo dicta su naturaleza de exquisita dramedia y las particularidades de su argumento, basado en las memorias carcelarias de Piper Kerman, ejemplo de joven WASP educada en un centro exclusivo que acabó con sus huesos en chirona durante quince meses por un delito de tráfico de drogas que cometió diez años antes. Al igual que su álter ego en la vida real, la rubia y neoyorquina Piper Chapman (Taylor Schilling, Mercy) ve cómo su combo perfecto de prometido fiel, por un lado, y negocio ecofriendly de jabones con mejor amiga, por otro, se pone en suspenso a consecuencia de su vida anterior; días trufados de crisis postuniversitaria y búsqueda constante de adrenalina que le llevaron a liarse con la traficante de un cartel internacional de nombre Alex Vause con la que viajó por todo el mundo a cuerpo de reina. Aquí se puede decir que acaban los parecidos entre el viaje de Kerman y el de Chapman.



La prisión federal de Litchfield (NY) se convierte en un auténtico universo secreto  en el que Kohan despliega con absoluta maestría la mejor paleta de personajes femeninos que se puede ver actualmente en televisión. Mujeres de todos los orígenes, alturas, razas, orientaciones sexuales y géneros (Shonda Rhimes, esto sí es saber hacer 'personajes cuota', no lo tuyo), cada una con su particular historia de malas decisiones que las puso entrerrejas, pero no por ello con menos cualidades redentoras.  Mujeres de carne y hueso, con ilusiones, con días en los que caen simpáticas, y otros en los que no, y no se disculpan por ello. Si bien el centro de gravedad de la serie se encuentra en Chapman, que aprende a marchas forzadas el código de su nuevo hogar,  cada capítulo revisita la vida precárcel de una de las reclusas a golpe de breves pero efectivos 'flashbacks' que hacen que se nos quede grabado quiénes son pesar del efecto uniformador del mono beige y del generoso número de personajes de los que estamos hablando. Incluso los vigilantes de la prisión, hombres en su mayoría, están cuidados al detalle ya que cuentan con vergüenzas propias que los humanizan y acercan a aquellas a las que están custodiando, si bien el retrato roza la caricatura en algunos momentos como ocurre en el caso  George ‘Pornstasche’ Méndez (Pablo Schrieber, The Wire, Weeds), un villano de tebeo hasta que deja de serlo. No caben los prejuicios en Orange is The New Black, y si los hay, se esfuman con las misma facilidad con la que Red (Kate Mulgrew, Star Trek: Voyager), la dura encargada de cocina rusa, deja sin plato a Chapman.

El guión desgrana, sin remilgos y con un humor macarra a ritmo de incontables frases para el recuerdo (“I threw my pie for you”) y referencias cuturales (“This isn’t Oz”), los típicos tópicos carcelarios oscilando de lo crudo y aterrador a lo conmovedor y patéticamente divertido en cuestión de segundos. La cárcel es un lugar hostil, pero en el que al mismo tiempo se pueden encontrar fugaces instantes felicidad, y también de apoyo. Porque de eso van en el fondo  las tribus raciales que Morello (Yael Stone) señala el episodio piloto; de tener a alguien que te defienda cuando lo necesitas y de tener un hombro en el que llorar las penas. Sin el grupo, nadie es nadie ahí adentro, y en ciertos casos tampoco lo es fuera. En este sentido, la sólida amistad de Poussey (Samira Wiley) y Taystee (Danielle Brooks) destaca sobre la gran variedad de vínculos (sexuales, de protección, de familia) establecidos entre las internas, ya que refleja como nada esa realidad para muchos ex convictos en la que los muros dejan de ser sinónimo de opresión para convertirse en la única salida posible.



Chapman ingresa en Litchfield  con su mentalidad de niña bien, pensando que si se mantiene al margen, podrá volver a su vida de catálogo como si tal cosa, pero no podrá evitar verse arrastrada por sus nuevas circunstancias. Es un auténtico regalo ver cómo el personaje sufre una evolución hacia atrás, que no involución. La cárcel la obliga a enfrentarse y reconciliarse con su pasado, con esa parte de sí misma mucho menos prefabricada, que ella cree haber cortado de raíz pero que ahora vuelve para tentarla. Los ataques de egoísmo y las huidas hacia delante de Piper no son más que el resultado de su propio miedo a no ser ella misma ahí dentro y, a la vez, serlo, como confiesa en el sensacional episodio “Bora, Bora” (1x10) que sirve de coda al punto de inflexión de “Fucksgiving” (1x09).

Larry Bloom, el prometido, y Alex, la traficante caída en desgracia, se perfilan como las víctimas inmediatas de los caprichos de Piper, aunque con matices. El primero, interpretado por un Jason Biggs  incapaz de dejar atrás American Pie (es más, hay un par referencia a Jim Levenstein dentro de la propia serie) es un dechado de mohínes y pucheros que supuestamente debería servir de fuerte bisagra entre Piper y el mundo real, pero pasa por la serie sin crear ningún dilema al espectador y, lo que es más importante, empatía o hasta pena. Supongo que el hecho de que sea un escritor mantenido por sus padres tampoco ayuda… No sé hasta que punto los guionistas buscaban a consciencia el contraste con Alex, ese volcán de carisma y presencia arrolladores al que Laura Prepon (la Donna de That ‘70s Show) aporta voz y altura, pero con Larry se han pasado de frenada en lo que quizá sea el punto más claramente criticable de la serie.  La chica mala sólo tiene que ajustarse las gafas de pasta para mostrar su lado vulnerable y hacer que nos olvidemos de que también es una perra manipuladora, mientras que Larry, el chico bueno, resulta ser un badanas quejica el 99% del tiempo que aparece en pantalla.

Tal y como ya pasaba en los mejores años de Weeds, Orange is The New Black no podía cerrar su magnífica temporada de debut sin el correspondiente 'cliffhanger' de desquiciadas proporciones que le viene a dar la puntilla a unos episodios que cuesta no comer a bocados y que te roban la capacidad de ver otra cosa.  En Netflix ya sabían que la fruta era de calidad y por eso se afanaron en encargar una segunda remesa de naranjas incluso antes de que la primera se estrenara. Y en ésas nos hemos quedado: con doce meses por delante para saciar la sed como sea. Y con Regina Spektor.